vendimia en tomelloso

—Ya he visto el montón de basura que estáis reparando para el melonar del año que viene. —decía el hermano Pedro a un vecino que tenía fama de buen criador de melones y sandias

—Bueno, ahora estamos amontonándola en la era y remojándola con vinazas para que se pudra durante un tiempo sin removerla. A remate vendimia, antes de meternos en el frío del invierno, le damos unas vueltas para que se mezcle la sirle de las cabras con la de las cuadras de las mulas. Y como hacemos siempre; una parte se la echamos a las viñas que vemos que lo necesita y la otra parte  la seguimos arreglando para sembrar los melones.

—Es lo que hacemos nosotros, pero como de la era nos la quitaban algunos años, ahora la dejamos en el basurero del cercado y cuando la sacamos es para llevarla directamente al terreno que decidimos abonar.

—A nosotros no nos la quitan de la era, porque la familia que tenemos viviendo en el cuartillejo ya se encarga de vigilar.

Temas como éstos, y otros parecidos, eran los que se trataban entre los agricultores reunidos en el casino, en los bares, en las posadas, incluso en los corrillos de la plaza. Lo cual no significaba que la gente abandonara sus tareas agrarias, ni mucho menos. Si no que unos lo hacían porque tenían quién hiciese su trabajo y otros, los domingos por la tarde y días lluviosos que no convenía pisar ni remover la tierra para no embarrarla, también acostumbraban a salir de casa y juntarse con los amigos.

Ese tipo de tertulias o casinetes, muy habituales entre la gente parda del lugar, resultaban muy provechosos porque valían para documentarse sobre lo que tuviese el más mínimo interés acerca de la buena marcha de cualquier cultivo y los trabajos apropiados en cada temporada.

—¿Cómo es que estais cortando todos los chaparros del aza de “las balsillas”? —dice uno a otro del corro— ¿Es que lo vais a poner todo de viña el año que viene?

—No, no es para poner todo de viña el mismo año -responde el aludido- estamos cortando los chaparros y los enebros, que hay muchos, sacaremos las cepas y toda la leña que se haga, para una vez despejado, levantarlo con la vertedera gorda y limpiarlo de raíces y piedras, que saldrán, muchas. Después, como estará unos meses de barbecho, le daremos unas vueltas de arado y en noviembre sembraremos la mitad de trigo, y el resto lo seguiremos cuidando para sembrar los melones y unos pocos garbanzos. Y al final del otoño, le damos otra vuelta de vertedera y ponemos de viña lo que se pueda.

—Es lo que hicimos nosotros en “la garza”. Limpiamos en terreno de monte bajo que era lo más abundante, cortamos algunos chaparros, no todos, dejamos los más frondosos que echaban muchas y muy buenas bellotas, y lo tuvimos de barbecho hasta que llegado su tiempo lo sembramos de cebada. Y una vez recogido todo lo de la era, alquilamos una vertedera apropiada para cinco mulas y en febrero lo pusimos de viña. En los mismos hoyos de la postura echamos basura y sembramos los melones. ¡Oye, se ve que como la tierra  era casi virgen, creo que nunca tuvimos mejor melonar que aquél!

Como he señalado antes, ese era el tipo de temas que propiciaban conversaciones muy animadas y, además, sustanciosas. Pues unos y otros contaban sus experiencias y a todos les servían para documentarse ellos mismos, sin necesidad de asistir a ningún cursillo en escuela alguna. Entre estas gentes, siempre hubo algunos que gracias a ese aprendizaje y algún manual del agricultor que caía en sus manos, se convirtieron en verdaderos capataces.

Al final, estos experimentados personajes sin alardear de titulación alguna, se hacían escuchar por la gente como si fuesen auténticos profesores.