Acobardados por Andrés Cañas

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No recuerdo si eran las últimas horas de aquél día o las primeras del siguiente. Tampoco recuerdo si estábamos en mayo o en junio. Era, eso sí, el año 1938 a unos diez u once meses para el final de la guerra civil (1936-1939).

—¡Adiós, hijos míos! —oímos decir a nuestro padre por una de las ventanas de la alcoba que daba a la calle (nuestra casa era de planta baja) cuando se dirigía a la estación de ferrocarril donde, junto a otros de su mismo remplazo, cogería un tren que les trasladaría al “frente” a donde habían sido destinados.

Nosotros, los cuatro hermanos que éramos (digo “éramos” por haber fallecido uno) seguramente llorando como nuestra madre, pronto nos quedaríamos dormidos. Ella, sin embargo, con la valentía que suelen derrochar ante la adversidad todas las madres, pasaría la noche en vela sin dejarnos solos. Y si nos oía gimotear diría en voz baja: “No lloréis, hermosos míos (lo de “hermoso mío” era muy suyo y le salía del alma). Vamos a confiar —de rezar sabíamos poco— en que a padre no le pase nada malo y venga pronto”.

Por la mañana del día siguiente, a los dos más pequeños les dejaría dormir sin límite de horario y a los dos mayores nos despertaría para irnos a la escuela. Ella, con honda pena pero resignada, atendería las labores de la casa como cualquier otro día, ya que era lo mejor que podía hacer para no deprimirse. Tiempo tendría para decidir lo que hacer en el campo -pensaría- y si podríamos hacerlo solos o no. Pues con catorce y doce años, que era nuestra edad, habíamos hecho poco más que jugar e ir al colegio.

Ahora, transcurridas ¡más de siete décadas! viendo los abusos que sigue cometiendo el poder, la galopante corrupción que nos invade y el aumento de la precariedad e insolvencia en que se desenvuelven gran número de familias, sin que la edad nos haya excesivamente pesimistas, a mi manera de ver, es para temerse lo peor.

—Papá ¿qué te pasa? Llevo un poco tiempo observándote y te encuentro triste. —Me decía hace pocos días mi hija— ¿Es que os falta algo?

—No, por Dios. Tú sabes que lo tenemos casi todo. Y tanto cómo “triste”… ¿qué quieres que te diga? Pero muy preocupado sí estamos. Pues con lo que está ocurriendo en tantos países de nuestro entorno y viendo la ineptitud manifiesta de los gobernantes para evitar la ruina que amenaza a tantos pueblos, es para temer que ocurra lo peor.

—Y según tú, ¿qué es “lo peor”?.

—Mira hija, si los que sufrimos tanto como nosotros, de jóvenes, para conformar nuestra personalidad lo tuvimos difícil, ahora, cuando tanto se habla de libertades, innovación, desarrollo, de progreso en general, las generaciones más tiernas —me temo— no lo vais a tener mucho más fácil.

Ese es mi miedo.

Reflexiones de un “Caoba”

2 Comentarios

  1. Es bonito este rincón de Tomelloso en las nubes ¿verdad, papá? Nos recuerda que, aunque lejos y habiendo nacido en otras tierras, las raíces siguen fuertes y vivas.
    ¡Qué alegría verte por aquí! Y qué bonita historia la del abuelo. Yo creo que merece una continuación ¿no?
    Un abrazo fuerte.

  2. Sí, hija. Es verdad que éste rincón es muy bonito y para nosotros, también, cercano.
    ¡Que te alegra verme por aquí! y que te gusta la historia que cuento del abuelo. Solo se me ocurre decir: ¡Siempre estuve orgullosisimo de tenerte!. Y tú sabes que celebro todo lo que haces. Intentaré enjaretar algún recuerdo más para complacerte.
    Besos ¡hermosa mía! como diría la abuela.

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