De vuelta… por Inés M. Losa Lara

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No entraba en mis planes el que me costara tanto pararme a describir estos días de Camino. Llevo varios días “revoloteando” el blog y no soy capaz de sentarme a poner palabras a lo vivido. Esta tarde he decidido que de hoy no pasa y que si no puedo expresarlo ni más, ni mejor, será que ha de quedarse en el corazón.

La primera certeza que tuve cuando me subí al autobús que nos llevaba a Ribadeo es que aquellos compañeros de camino, que aún apenas conocía, iban a ser mucho más que compañeros, y es que peregrinar, hacer camino junto al otro, crea unos lazos muy intensos y difíciles de explicar.

La segunda certeza fue que ya nada importaba, atrás quedaban todas las preocupaciones, todos los sinsabores, y también todos los prejuicios. El día a día quedaba atrás; por delante, sólo una tarea, caminar. Nada más que caminar.

Y así comenzó todo.

Doce días compartiendo camino, silencios, sonrisas, confidencias, oraciones, dificultades físicas, cansancios… Doce días compartiendo canciones, ilusiones, alegrías, alguna que otra lágrima, finales de etapa que saben a gloria y anticipan el Pórtico…

Doce días compartiendo la vida. Ni más, ni menos.

Doce días aprendiendo que para ser felices nos bastaba muy poco: lo que habíamos metido en la mochila, un plato de comida y un huequecito en un polideportivo donde poder ubicar el saco y descansar unas horillas, siempre con la susurrante y monótona sinfonía de los ronquidos de fondo.

¿Qué tiene el ser peregrino? No puedo explicarlo sin dejarme muchas cosas, pero lo cierto es que caminar hacia Santiago no es sino una metáfora bien construida de la vida misma. No es otra cosa que saberse caminante de tu vida, compartiendo un trecho del camino con otros que coinciden contigo hacia la meta común.

Es sentirse fuerte para ayudar al que contigo va y no puede ni con su mochila.

Es aceptar con alegría la ayuda del otro cuando tus fuerzas desfallecen o tus pies parecen no responder.

Es saber caminar al ritmo del más débil y pequeño porque lo importante no es llegar, sino llegar juntos.

Es animar al que no puede y escuchar al que quiere compartir un ratito su vida contigo.

Es abrir con generosidad tu yo más profundo al que contigo va.

Es callar y admirar lo que sucede cuando el silencio se apodera del sendero y habla fuerte al corazón.

Y también es caer, no hay camino sin caída, pero siempre está la mano que te ayuda a levantarte con fuerza y retomar el camino aún con más ilusión, si cabe.

Hoy siento gratitud, mucha gratitud a todos y cada uno de los que me han acompañado en esta maravillosa experiencia.

Para siempre guardaré imágenes, paisajes, miradas que han teñido de belleza todos estos días. Una de mis compañeras peregrinas me decía una mañana que cada día recargaba su recuerdo con seis horas de belleza al caminar, y que eso sin duda sería una medicina extraordinaria cuando el día a día se tornara gris y tontorrón.

Muchas horas de belleza compartida que nunca olvidaré.

El Camino no acabó en Santiago sino que no hizo más que empezar.

Un abrazo. Nos vemos caminando

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