Desde aquella ventana por Inés M. Losa Lara

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Ventanas hay muchas, las hay que dan al campo y recogen todo el esplendor de las distintas estaciones. Otras enmarcan montañas provocando admiración. Hay ventanas que dan a patios de vecinos y son testigos mudos de chismes, de ropajes secando al aire, de camaradería prestando pan -¡y más!- con la excusa de la sal.

Hay ventanas de ático acariciando nubes y ventanas de sótano albergando sueños rotos.

Hay ventanas transparentes, limpias, cristalinas, por las que da gusto asomarse y hasta mirar cómo se asoman. Hay ventanas con cristales rotos, sucios, que ni la luz se atreve a reflejarse.

La perspectiva de la realidad cambia mucho desde la ventana por la que se mire. Por un tiempo tuve la dicha de observar desde una ventana privilegiada. Siempre tuve la sensación de la brevedad, de que un día dejaría de mirar por ella. La luz cada día era diferente, no hubo amanecer igual, ni atardecer semejante al anterior. Llovió, quemó el sol y hasta la nieve se asomó.

Yo no me cansaba de mirar, sabía que un día dejaría de ver a través de su cristal, nunca cesé de guardar cada imagen en lo más profundo de mi corazón.

Lo especial de aquella ventana, no era tanto el lugar en donde estaba, ni hacia donde miraba, aunque de lujo se trataba, pero lo más importante y lo que le confería un matiz diferente a todas las demás, era su altura.

En la vida también, a veces, sólo hay que tener la suficiente altura para que todo se torne diferente. A veces sólo hay que elevarse un poquito para ver de otra manera, para que la realidad vulgar, se convierta en única, para el problema de a pie, se diluya con la altura.

¡Levanta los ojos! si miras alto, todo puede ser diferente.

Durante un tiempo tuve la suerte de mirar cada día por una ventana y admirar con perspectiva única uno de los edificios más grandiosos de Toledo. Ahora sé que con un cerrar de ojos siempre podre de nuevo asomarme.

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