Desidia por Manuel Buendía

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—¡No puedo darte la baja Juan! —volvió a repetir el Doctor Carranza— Debes esperar a que el especialista te haga las pruebas y te diagnostique; sin un diagnóstico no puedo justificar la baja, tómate los antiácidos que te receté e intenta descansar y no estresarte.

Juan Luis salió de la consulta cabizbajo con la terrible y frustrante confirmación de haberse cumplido sus predicciones. Hacía ya más de tres meses que sus problemas digestivos se habían complicado; a la acidez y el dolor frecuentes se unían episodios de nauseas y desmayos, y la estricta dieta que le prescribió el Doctor Carranza, su médico de cabecera, sólo había servido para debilitarlo aún más, y la consulta para el especialista la tenía para dentro de nueve meses.

Se fue caminando lentamente hacia su casa, no se sentía con fuerzas para coger el autobús y regresar a su trabajo- hacía tiempo que no cogía su coche para desplazarse por miedo a que le diese un ataque y desmayarse conduciendo- a pesar de lo mal que se estaban poniendo las cosas en la empresa no podía, ni quería, volver ese día. Llegaría a casa y se tumbaría a descansar.

Juan Luis llevaba siete años trabajando como delineante en un estudio de ingeniería, había estudiado dos años en la universidad pero los problemas económicos le obligaron a dejar los estudios y ponerse a trabajar, aunque los dos cursos de ingeniería y un curso de delineación le habían servido para  situarse profesionalmente. El problema era que los últimos meses por culpa de la enfermedad, había faltado mucho al trabajo y su rendimiento había bajado considerablemente, por lo que su jefe le había advertido de que con la ley en la mano podrían despedirle.

Lejos quedaban aquellos tiempos en los que era imprescindible en la empresa. Su jefe, el dueño del estudio, trabajaba en la administración, y consiguió varios proyectos importantes, proyectos que Juan Luis, con su experiencia y profesionalidad, llevó a cabo sin apenas ayuda, y que hicieron a la empresa ganar una cantidad casi indecente de dinero. Juan Luis sólo se llevó de todo aquello una gratificación de 400 euros una Navidad. A pesar de ello Juan Luis se sentía bien pagado y disfrutaba con su trabajo, porque le hacía sentirse realizado y porque a pesar de todo, se sentía valorado por la empresa.

Después de ese día todo se precipitó: a Juan Luis lo despidieron por absentismo laboral por lo que al ser despido procedente no le retribuyeron lo suficiente. Estando ya en el paro la enfermedad siguió avanzando, y él siguió esperando a la consulta del especialista. Pero como las desgracias nunca vienen solas, a Juan Luis como cobraba subsidio, lo llamaron para trabajar en el departamento de obras del ayuntamiento, pero al faltar un día sí y otro no por culpa de la enfermedad, le quitaron el subsidio.

Juan Luis no tuvo que esperar a que le viese el especialista el día de la cita, la enfermedad avanzó tanto que después de ingresar en urgencias seis veces en veinte días, le ingresaron en el hospital, le hicieron las pruebas y le diagnosticaron un cáncer muy avanzado. Le trasladaron  al hospital provincial, y allí se quedó porque tanto la operación quirúrgica como la quimioterapia le dejaron tan mal que ya no podía ir y venir.

Mientras tanto su mujer, Luisa, también perdió su trabajo por tanto faltar, a causa  de ir y venir a hospitales, y también fue un despido procedente. Luisa se trasladó a la capital para estar junto a su marido, la casa que con tanta ilusión habían comprado cuando el “boom inmobiliario” se la quedó el banco ya que dejaron de pagar la hipoteca, porque Luisa previendo lo que ocurriría prefirió guardar los pocos ahorros que aún les quedaban.

La estancia en el hospital se estaba llevando el dinero muy deprisa, aparte de todos los viajes, parte de los servicios del hospital había que pagarlos ya que el copago hacía un año que se había instaurado en la sanidad. Luisa tuvo que ponerse a trabajar por horas, y al hijo de ambos lo enviaron al pueblo con su abuela.

Como la enfermedad de Juan Luis evolucionaba lentamente a peor, después de dos operaciones, con otros tantos tratamientos de quimioterapia, le trasladaron a la planta de enfermos especiales; una sección del hospital donde colocaban a los enfermos terminales que no tenían seguro privado, es decir; los enfermos no rentables. Allí se apilaban tres pacientes por habitación, y las medidas higiénicas elementales eran insuficientes para las condiciones de convivencia forzosa de distintos tipos de enfermedades. Luisa iba a pasar con el todas las tardes y todos los fines de semana, y aunque su moral se iba minando poco a poco, intentaba regalarle una sonrisa cotidiana. Aunque el desenlace era inminente jamás hablaban de ello y pasaban las tardes haciendo planes para el futuro; querían empezar de cero, en otro país quizá, donde los derechos sociales y la sanidad pública aún estuvieran intactos.

Hoy Juan Luis ha dejado de pronto de pensar en cuando y como le llegará la muerte. Por alguna extraña razón ha empezado a hacer balance de su vida: Ha recordado su niñez; quizá la etapa más feliz, como ayudaba a su padre en la herrería durante las vacaciones, haciendo aperos de labranza, luego vinieron los remolques y cabinas para los tractores e incluso alguna estructura industrial, fueron unos años buenos, hasta que el progreso dejó la fragua para los trabajos de siempre, no obstante allí empezó su amor por la ingeniería. Tanto en el colegio como en el instituto fue un buen alumno, no brillante pero sí responsable, desde pequeño siempre hizo lo que se esperaba de él, jamás dio un disgusto a sus padres, y cuando su padre le dijo que no podía seguir ayudándole a pagar la carrera Juan Luis lo aceptó de buen grado, era ley de vida; los hijos de los pobres no podían ir a la universidad, y él al menos lo había conseguido. Estudió delineación por las noches y ayudaba a su padre por el día, luego encontró un trabajo en Madrid y allí se formó profesionalmente adquiriendo experiencia, y allí conoció a Luisa y dos años después se casaron, como todos esperaban de él. Luego vino la muerte de su padre por una enfermedad del corazón —no sufrió mucho, entre otras cosas porque entonces los hospitales no estaban tan saturados y la atención a los enfermos era mucho más humana—. Se volvieron al pueblo, y para que su madre y ellos pudiera vivir bien vendieron lo único que les dejo su padre; la fragua. Poco tiempo después Juan Luis encontró en el pueblo el empleo de su vida, y se compraron el chalet adosado.

 Después de ver la película de su vida, Juan Luis no hace más que preguntarse por qué todo ese cúmulo de desgracias; el siempre aceptó el destino sin rechistar ni protestar, siempre hizo lo correcto y no hizo mal a nadie. El siempre entendió que el empresario debía ganar más dinero, y pensaba que su jefe era como un padre para él, hasta entendió que lo despidiera porque ya no era rentable a la empresa, también siempre pensó que las medicinas había que pagarlas, y que el Estado no debía subvencionar a los vagos que no trabajaban. Sin embargo ahora, de pronto siente rabia, una rabia extraña y profunda, una energía desconocida hasta ahora para él; que pena que sea por la mañana y no esté Luisa para contárselo, pero ahora tiene que marcharse, esa energía le hace  sentir como que  emprende un viaje, la rabia le lleva a algún sitio, pero ya no puede hablar, ni ver.

Hora de la muerte: 12,37 h.

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