El compromiso por Manuel Buendía

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La semana pasada fue la ética ligada a la ideología, y hoy es el compromiso. Parece que me gusta tratar temas demasiado alejados del mundo actual. Los viejos hablan del compromiso en otros términos, pero no deja de ser lo mismo. Aunque tiene más de leyenda rural o de batallitas seniles, todos hemos escuchado alguna vez decir a nuestros abuelos aquello de que antiguamente la palabra de un hombre iba a misa. Mi abuelo contaba que si hacían un trato en la taberna, (por ejemplo: la venta de cien arrobas de vino por quinientas pesetas) los compromisarios se daban la mano y ese trato no necesitaba de notarios o de featarios (creo que éste es un palabro inventado por mí).

Puede ser discutible la veracidad de esos discursos, pero no es menos cierto que el compromiso de dar la palabra era algo tan importante que el que faltaba a ella era repudiado socialmente. El ser humano moderno, como en tantas cosas, ha dejado de lado valores éticos que considera innecesarios en un mundo globalizado e informatizado. El hecho de que supuestamente hay todos los mecanismos legales para velar por que se cumplan los compromisos hace que este valor esté en constante déficit.

No quiero caer en la trampa de que sea algo intrínseco a nuestra sociedad actual. El egoísmo y el entusiasmo por algún proyecto poco metabolizado han sido la causa histórica común por lo que los humanos han dejado de cumplir aquello que prometieron. El marido prometía fidelidad y amor a su esposa y viceversa, el carpintero prometía entregar las puertas para una fecha concreta  o el mercenario prometía fidelidad a su superior. Era un compromiso que su honor, en la mayoría de los casos, se encargaba de llevar a cabo a pesar de que muchas veces no se deseara cumplir.

Quizá no nos demos cuenta pero todo empieza con nimiedades: Quedamos a una hora y nos presentamos tarde por sistema. Decimos a alguien: Te llamo mañana, pero no lo hacemos. Nos comprometemos a guardar un secreto y luego lo contamos por ahí. Le decimos a un cliente que mañana tendrá su trabajo hecho y no lo acabamos. Todo esto lo llamamos “pecadillos sin importancia” pero la propia dinámica en la que nos sumergimos nos lleva a no dar importancia a otros compromisos más fuertes. El paso siguiente es olvidar por completo las circunstancias de la otra persona con la que nos comprometimos y no pensar en el perjuicio que les estamos causando, perjuicio que casi siempre tendemos a reducir en importancia para auto-justificarnos, dando por sentado que el otro haría lo mismo.

He tenido que sufrirlo muchas veces, alguna vez yo también lo he provocado por haber caído en la dinámica de que los demás también lo hacen, pero he aprendido el valor del compromiso como una herramienta para la autodisciplina. Nuestra compañía telefónica nos engaña cuando nos promete un número determinado de Megas en nuestro ADSL. Nuestro seguro médico (el que lo tenga) nos promete una cobertura que luego no es real. Nuestro supermercado nos promete unas ofertas cuyas condiciones reales están encubiertas. Nuestro banco nos promete unas condiciones en el préstamo que no son verdaderas. Nuestros candidatos políticos nos prometen un mundo mejor y más bonito, pero luego no lo cumplen porque estamos en un mundo en que los compromisos están supeditados a la “realidad contraactual”. Hemos creado entre todos un monstruo que nos devora, porque si ya damos por hecho que las promesas están para no cumplirlas, el escepticismo nos hará caer en un caos de proporciones inimaginables.

No obstante yo quería hablar del compromiso personal, ese que tenemos con nosotros mismos, el que hace que cada día, cuando nos levantamos, tenga sentido. Ese compromiso con nuestra lucha personal, con nuestras ilusiones y nuestros proyectos, que al final también es un compromiso con los demás, porque esperan algo de nosotros. Es una promesa muda hacia los demás. Cuando faltamos a nuestros propios principios, todos nuestros posteriores compromisos carecen de credibilidad y valen menos que un euro de estiércol. Ese compromiso con nosotros mismos es el más difícil de cumplir. La soledad y la incomprensión nos llevan por el camino de la rendición incondicional, porque sabemos que la lealtad con nosotros mismos no tiene el reconocimiento popular.

Sólo quiero añadir algo más: Sólo respetando nuestros propios compromisos podremos lograr ganarnos el respeto ajeno.

Manu Buendía – artista, agitador cultural, bloguero y últimamente, un poco friky.

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