Un relato breve para entretener el tiempo: Ella, maldita alma (I), por Ramón González

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“ Lo extraño nos ofrece la posibilidad de hacernos nosotros mismos siendo extraños”. Edmond Jabés.

Querida Agenda:

Acabo de leer, “Ella, maldita alma” un libro de Rivas, un joven escritor gallego, me ha gustado, aunque cuando lo compré no podía suponer de qué iba esta selección de historias. Pero eso,  ”maldita alma”, me ha llamado la atención.

Mi alma, mi ánimo está quebrado desde hace algunos meses; las conspiraciones de la casa, la feroz actuación de la competencia y mi vacío matrimonial tienen el alma descompuesta. Ella, maldita alma, maldita forma de sentir ante la vida que me tiene desencajada.

Esa sensación la he escuchado muchas veces en  los relatos de aquellos que llaman al programa y hoy,  yo, me reconozco  en el mismo estado anímico. Día a día, o mejor noche tras noche he encontrado muchas vidas desencajadas, personalidades cruzadas.

¿Qué te pasa? Pregunto muchas noches a mis oyentes, y encuentro respuestas como:

— Que tengo una tristeza interior que no me deja ser feliz.

Otro me dijo:

—Que me da lo mismo que cuelgue que arrastre, me da lo mismo ocho que ochenta…

Estas frases no se deberían decir, debería estar prohibido tener esta actitud ante la vida,  especialmente en gente joven y sin problemas de recursos materiales, ni de posición social o profesional. Pero la realidad es otra, son muchas las malditas almas, muchas de las personas que viven sin sentir, que existen sin vivir y que necesitan el desahogo de la emisora nocturna, en el anonimato de la madrugada, para hacer  pública la maldición de su alma a otros también malditos.

El mundo de los sentimientos, de los desencantos, de las ilusiones truncadas, de las frustraciones, nos da tantos envites, tantos golpes, tantas sensaciones de dolor o euforia y de soledad, que parece irremediable sentir que nuestra alma está condenada. Todo tiene una base, un momento, una causa. Quizás hubiera que analizar si esa causa irremediable ¿hubiese sido ciertamente irremediable? y otros cuestionaban si la sociedad, a veces únicamente  el círculo más próximo, tiene el derecho de hacer censurable algo que el alma consiente.

Hace poco leí un libro de un joven escritor, Oscar Esquívias, que como subtítulo a “El suelo bendito” pone: “La vida es intolerable sin vidas prestadas”. Pues coincido con él en que las relaciones humanas, ese difícil mundo, está dominado por la mentira, la ostentación y el disimulo, donde la verdad se ve reducida, la mayor parte de las veces, a la simple poquedad.

¿Se ha visto, realmente, cada cual en el espejo? Muchas actitudes hipócritas desaparecerían  si en el espejo de la realidad humana contemplásemos algo más que el peinado de cada mañana y si cada cual se preocupase de su propia vida antes que de las ajenas.

Ya sé, querida agenda, me he desviado, quizás por la deformación profesional de cada noche, de hurgar en muchos corazones para intentar sacar lo bueno del alma. Pero es verdad que existen muchas malditas almas, condenadas de por vida a ser sin ser, a vivir sin vivir, a reducir cada día a habitar un espacio y estar en un circulo, pero con la felicidad mutilada.

Marisa, José Antonio, Miguel y Paula, sí, a esa relación de almas rotas, tengo que añadir Paula,  Ana, Ana, Paula, esa otra Ana que necesitaba airear el ánimo y se le abría la posibilidad, la peligrosa posibilidad de vivir una aventura, de transgredir el aburrimiento.

Durante los días que han pasado desde que lo conocí, él  está siempre presente.

Parece imposible, tan sólo un café y de forma rápida y me había conquistado. Estoy tan ávida de cariño y nuevas sensaciones, de vida, que esa bocanada de aire fresco ha estremecido mis esquemas vitales, o quizás mi moribundo existir, y me estoy lanzando, yo también, a la posibilidad de una vida cruzada, como la de todos esos que llaman al programa, noche tras noche.

No se me olvidará aquella  en que un tal José Antonio llamó  y con la voz entrecortada por los sollozos me dijo:

—Ana, mi vida es una vida cruzada, mis padres no son los   biológicos y sé que desde que me adoptaron mis actuales padres, los otros, no sé si él o ella, me siguen la vida y hasta me la facilitan. No es posible lo que me ocurre, mi base familiar actual no puede permitir el éxito y bondades que la vida me está otorgando. ¿Porqué mi vida nació cruzada?.

Sí, así me lo planteó. Quería saber el principio de su existencia, necesitaba saber quién hay detrás de cada uno de los acontecimientos que se producen en su vida. No encontraba explicación a desprenderse de un hijo como si de una vergüenza se tratase…

Son tantas las vidas prestadas…

Y también Ana-Paula o quizás ya  Paula-Ana  tiene su vida cruzada. Ahora me toca a mí.

Pero, querida agenda, lo de ayer y hoy me ha tocado más de cerca, la vida cruzada me era conocida.

Llamó al programa casi a punto de finalizar. Eran ya las 3,45 de la madrugada y una voz aguardentosa se dirigió a mí a través del teléfono.  Antes, Almudena, mi adjunta en la dirección del programa, me había advertido  que el comunicante había dicho que me conocía y que estaba a punto de suicidarse. Me impresionó y dije que me lo pasaran. Sólo quedaban 15 minutos de emisión. Y pedí  que mientras tanto pusieran música o leyesen poemas.

 

———–FUERA  DE ANTENA———–

—Hola…

—Hola, Ana, soy Antonio.

—¿Antonio? ¿Qué Antonio?.

—¿No me recuerdas? Nos conocimos en Madrid, en el año 1976. Tú hacías cuarto curso de carrera y yo quinto en la misma facultad, en Filosofía. Nos unieron los policías nacionales durante las horas que nos tuvieron esperando para  ser todos identificados después de un recital de un cantautor aficionado, que cantó a Víctor Jara, Paco Ibáñez, etc. Luego, algo más nos unió en los meses que faltaban hasta junio, cuando yo, sin terminar  la carrera, regresé a mi tierra.

—Ya, recuerdo perfectamente, te fuiste a Málaga. Se me viene a la memoria tu cara y hasta tus gestos.

—Soy Antonio Rivero Montserrat.

—Claro que recuerdo. Un beso Antonio.

—Ana, tengo que hablar contigo esta noche. Estoy muy mal, esto no tiene sentido.

—Vale, en cinco minutos cierro el programa y hablamos.

Di instrucciones, por señas, para que Almudena, fuera de antena, mantuviese conversación con él, que le tuviese entretenido unos minutos y en todo caso le pidiera el teléfono. Mientras tanto yo despedía el programa.

—¿Antonio?

—Sí. Dime Ana.

—¿Qué te pasa?

—Estoy muy mal, mi vida ya no tiene perspectivas de futuro, ni creo que tenga energías para afrontar más días.

—No digas eso Antonio. Te recuerdo como un chaval deportista, seguro, guapo, muy guapo, a todas nos gustaba estar contigo. En mí dejaste un buen recuerdo, además de “El lobo estepario”.

—Pero ese Antonio ya no existe. Ahora soy un fracasado, en todos los aspectos.

—No será para tanto. Tampoco Ana, la que tú conociste, existe tal como entonces era, y aún peor, no soy la Ana que yo imaginaba podría ser con el paso del tiempo. Ya sabes aquello de Lenon: “La vida la intentamos programar pero ella se empeña en seguir su propio curso”. Pues eso, que también  yo me encuentro con un presente poco cercano a lo que yo imaginaba hace 25 años que sería mi vida.

—Ana, pero tú tienes un trabajo, una familia, unos hijos, un estatus , yo no tengo nada de eso y he perdido todo, absolutamente todo.

—¿Dónde estás ahora?

—En Madrid.

—¿Quieres que nos veamos?. Mañana voy a Madrid y, si todo sale bien, cuando llegue mediodía habré terminado. Puedo invitarte a comer y me cuentas, ¿Vale?

—Vale. No puedo decirte que no, aunque me da vergüenza que me veas.

—Antonio, no soy una niña, sé que los años pasan y que las circunstancias marcan.

—¿ Dónde nos vemos?

—Donde siempre. ¿Recuerdas? En la estatua de medicina. Ahora creo que hay una estación de metro, que se llama Ciudad Universitaria. Allí te esperaré.

—Muy bien y ahora duerme, serénate. Mañana nos vemos. Un beso.

(Continuará…)