Estrecheces por Andrés Cañas

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“Los Litos”, sobrenombre por el que se les conocía, era una familia numerosa (10 ó 12 hijos) muy pobre, que ocupaba una modestísima vivienda en la afueras del pueblo. El padre, un hombre de constitución física más bien menuda, analfabeto, buen trabajador —eso sí— aunque sin oficio reconocido,  pero muy voluntarioso y sobre todo tratable. También se le consideraba un poquitín “buscavidas, ya que para mantener a tan copiosa prole igual él que su esposa habían de agudizar el ingenio y arriesgar para obtener algunos ingresos. Con la ayuda de los hijos mayores aprovechaban los meses de verano para dedicarse a la siega, después la vendimia y más tarde la recogida de aceituna.

El resto del año, como no eran perezosos, con su carro y su mula iban al monte a coger esparto, cabezuela y cerrillo para hacer escobas,  y a segar carrizo y anea para tejer zarzos a los humedales del nacimiento del río Guadiana. Alguna vez, por desdicha, la escasez de estos materiales les obligaba a buscarlos en terrenos vedados y si los guardas rurales les denunciaba, tenían que ir a rendir cuentas a la guardia civil. Por tanto, una vez en Comisaría, para hacerles entender que el monte tiene amo y que sin su permiso no se puede entrar en él, bla, bla, bla…, los guardias acostumbraban a usar el “tortazo limpio” o golpes de cinturón, asegurándoles al mismo tiempo que si les azotaban era por su propio bien. Así que de quejarse nada.

El Comandante de Puesto, un cincuentón corpulento, con graduación militar de Teniente, a Lito padre le tenía cierta voluntad, dado a que conociendo sus muchas estrecheces sabía que ni su familia ni él cometieron nunca fechorías graves. Así, una mañana de domingo, soleada, paseando el jefe de la Comandancia con unos amigos por la calle de la feria vio venir a Lito en dirección opuesta, y pensando hacer una gracieta les dijo: observar y veréis lo contento que se pondrá éste hombre cuando nos crucemos con él y vea que le saludo.

—¡Adiós, mi amigo! —dijo en voz alta el Comandante aunque en un tono más bien jocoso.

Lito se detuvo un instante ante ellos y mirándole a él a la cara, con evidente gesto de rabia pero sin inmutarse le contestó:

—¡Y una mierda amigo tuyo!  —y siguió andando.

Todos vieron que aquella inesperada respuesta le salió del alma sin poder, o querer, disimular.

Ni el impecable uniforme verde, ni las brillantes estrellas que lucía en ambas hombreras, ni siquiera la presencia de sus amigos, evitaron tan brusca como imprevista contestación. Otra cosa sería cómo se lo tomara el Comandante, así como la repercusión que tendría en el trato que los “herederos” del duque de Ahumada darían a éste pobre hombre en su próximo encuentro con ellos en las dependencias de la Comandancia. Aunque cualquier mortal, conociendo cómo las gastaba entonces la guardia civil del campo, puede imaginar que un trato muy amable no sería. Supongo…

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