Solo en la quintería por Andrés Cañas

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(El tiempo era lluvioso)

Al mediodía, preparando algo de comer, oigo ladrar al perro y una persona que se acercaba a la quintería dijo en voz alta, ¿Quién vive? —era el grito acostumbrado— y añadió: ¿Se puede?.

—Adelante —respondí al reconocer la voz—.  Entre, entre usted, hermano Lucio, que ahí afuera se estará mojando.

—Puñetas cómo llueve. Parece que se ha roto el cielo. Menos mal que al salir esta mañana y ver que estaba nublado, la mujer me hizo poner este impermeable con capucha y las botas de goma que me dieron en la mili. Y que guardo como oro en paño, no por tener un recuerdo, si no para usarlas en ocasiones como ésta.

—Supongo que hoy no habrá venido usted en bicicleta, como viene haciendo últimamente…

—Pues sí, he venido en ella porque al salir de casa no llovía. Ha sido mas tarde cuando a comenzado a lloviznar, pero he venido bien gracias al adoquinado de la carretera. Después, por el camino de tierra hay tanto barro que la he dejado dentro de un bombo que tiene la puerta abierta, y hasta aquí vengo andando. Si aclarase un poco, la recojo y me voy al pueblo antes de que oscurezca.

—Bueno, pero ya que está aquí y con la hora que es, quédese a comer. Voy a preparar unas “gachejas” y como la sartén da para dos, si le apetece, echo un cucharón mas de harina y así come usted caliente.

—Hombre, muchas gracias por la invitación. Pero veo que hay buena lumbre y me caliento esto poco que traigo en la merendera y tú no tienes por qué molestarte.

—Va, no diga usted tonterías, que no es ninguna moléstia. Lo que traiga se lo come detrás de las gachas. Y si no le queda apetito, lo guarda para la cena.

—Tú eres quién dice “tonterías”. Cómo me voy a llevar dos chorizos fritos, cuando podemos comérnoslos con las gachas?. Toma, échalos en la sartén que se calienten con la graseja del tocino y nos comemos uno cada uno.

(Mientras hablábamos del tiempo y de nuestras cosas, las gachas se cuajaron y quedaron listas para dar buena cuenta de ellas)

—Hala, hermano Lucio, arrime usted un asiento y vamos a comer, antes de que se enfríen. Coja el tonel que echemos una “gota” para empezar. Que con el día que hace, un traguillo de vino sienta mejor que bien.

Sin embargo, para mi disgusto, cuando íbamos casi a medias el convidado me sorprendió.

—¡Joder! cómo pican las condenadas. Sintiéndolo mucho, a pesar de tu buena voluntad y lo ricas que están las gachas, no quiero más. Como tú bien dices, hoy es día de comer caliente, pero tengo que abandonar.

—Cuánto lo siento, de verdad. Pero usted que me ha visto de hacerlas, en confianza, podía haberme dicho que no le gusta el picante y no le hubiese puesto.

—No es que el picante no me guste porque los chorizos que traigo pican un poco, ya lo verás. Lo que pasa es que el médico me tiene dicho que no puedo abusar del alcohol, del café y de las especias fuertes y mucho menos del picante. Y es que además de sentarme alguna de ellas muy mal, si tomo picante lo paso fatal con la “dichosas” almorranas.

—Sí que lo siento. Pero créame usted si le digo que no conocía sus dolencias. Otro día se lo tendré en cuenta y guisaré a su gusto, se lo prometo. Y nos tomamos otra gota de vino.

Al final nos comimos unas rebanadas de melón de postre y nos alivió el fuerte sabor a picante que nos habían dejado las gachas. Y como dejara de llover, el hermano Lucio (guarda rural de aquellos pagos) marchó a recoger su bicicleta y volverse al pueblo. Como yo me quedaba en la quintería, nos despedimos no sin antes firmarle en el libro de visitas y desearle lo mejor. También agradecerle la compañía que me hizo durante unas horas.