Una historia compulsiva (y III), por Miguel Ángel Bernao

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¡¡¡Ayyyyy madre!!!, que es eso de que esta página no existe. ¡¡¡Ahora mismo deseo matar compulsivamente!!!. Para colmo se acaba de levantar a estas horas de la noche mi hijo y me ha vuelto a recordar que sigue faltando leche. ¡¡¡qué paciencia hay que tener!!!. Deseo morir y olvidarme del mundo. Con lo bien que me estaba quedando. ¡¡¡Ahhhhh!!!, ya tengo la solución, llamaré a mi amigo Jaime y le contaré lo que ocurre y seguro que me ayudará a terminar mi escrito. Anda, pero ahora que me acuerdo, si a Jaime le quitaron Internet hace una semana, ¡¡¡dios mío!!!, tengo que terminar esta historia como sea. Tendré que ir a un Cibercafé y allí terminarla. Bueno a ver, ya estoy aquí…, pero bueno, ¿que pasa con la conexión?. “No se puede mostrar la página”, ayyyyy madre y ahora qué hago. ¡¡¡Sigo viéndolo todo compulsivamente negro!!!. Van a cerrar el Ciber dentro de cinco minutos y la maldita página de Internet sigue sin funcionar por más que lo intento. Llevo ya gastados 10 euros compulsivamente, mejor dicho 13 euros con el café, y la página no da señales de vida. Creo que mi semblante, se está haciendo cada vez más espantoso, de cara a la multitud. Sólo deseo gritar compulsivamente. Son las tres de la mañana. Volveré de nuevo a casa, descansaré mi mente por unas horas, y madrugaré para ver si la dichosa página de Internet funciona de nuevo, ya que mañana me cortarán a las 10 la conexión a Internet por impago y es el último día de presentación. ¡¡¡Intentaré descansar!!!

—– 0 —–compulsico

Son las siete de la mañana, me acabo de levantar, y la página en cuestión sigue sin funcionar. No puedo más. He estado toda la noche dando vueltas compulsivamente. Encenderé otro cigarro, pensaré y actuaré meditando cada uno de mis acciones, pero me queda poco tiempo. Estoy terriblemente cansado. Creo que lo mejor será volver a la cama. No tengo el remedio para tanta adversidad junta. ¡¡¡Lo siento, me resigno!!!. No puedo dormir, vuelvo a levantarme y necesito expulsar compulsivamente mi rabia. La maldita página sigue sin funcionar. Son las 9:55 y quedan sólo 5 minutos para la holocausto. Creo que estoy perdiendo la cabeza. ¡¡¡No puedo más!!!. Llegado a este punto de agonía, tengo que decir la verdad, necesito decir la verdad y nada más que la verdad; la historia no es mía, está sacada del maravilloso mundo de Internet, de alguien, anónimo o quizás conocido, no lo sé, y tampoco me importa lo más mínimo en este preciso momento. Así que no podrán conocer el final de la historia amargamente y no por culpa mía, sino por la crisis, porque, si yo hubiera tenido trabajo como hasta ahora, podría haber terminado de copiar la dichosa narración que meticulosamente elegí de una página de relatos que encontré en Internet, claro está, si la dichosa página hubiera funcionado, mientras disfrutaba de mi conexión. Lo siento de veras, porque sé, que imaginarían un final excelente para esta historia, pero, sólo pretendo de ese jurado que entiendan mis circunstancias y que, si bien sé que he obrado incorrectamente y que no debía de haber plagiado ninguna palabra que no fuera mía; por eso que llaman “derechos de autor”, todo lo he hecho para poder comprar un mísero cartón de leche para mi hijo. Lo malo de todo, es que si hubiera conocido antes la opción de “copiar-pegar”, no hubiera pasado lo que ha ocurrido. Pero claro está, no se puede estar en todo, bastante tiene uno con comer, fumar y beber compulsivamente, para encima estar puesto en los avances del software. Sé que mi ignorancia ha hecho que ustedes se queden sin un final, y yo posiblemente sin el dinero. Tengo que decirles que, hasta ahora, desconocía esta opción, mi hijo me acaba de hablar de ello, “seleccionar todo-copiar-pegar”.- papá es muy fácil.- me dice el “mamoncete”. Por tanto, en este mismo lapso de tiempo, deduzco que ustedes ya sabrán que escribí el relato silaba a silaba, minimizando y maximizando ventanas emergentes, para poder copiar este dichoso relato, que encontré en alguna página de Internet, que desde ayer dejó de funcionar sin motivo alguno y que hoy no volverá a funcionar, ni mañana, ni pasado quizás, sólo funcionará cuando la crisis desaparezca de este país y yo pueda pagar religiosamente mi cuota mensual, como hasta ahora había hecho. Pero, fíjate por donde, creo que me veo capacitado para dar final a esta historia y poder presentarla al concurso, no quiero dejarles sin ese final que tanto desean:

“Eva se enamoró de Álvaro, y al final, tras muchas dificultades, consiguieron casarse, y fueron felices y comieron perdices compulsivamente, claro está”.

No hay más que contar señores. Espero, que si no les convence este final, al menos recapaciten sobre el motivo por el cual, un semejante a ustedes, es capaz de hacer cualquier cosa compulsivamente, simplemente por una necesidad imperiosa de vivir dignamente, y entiendan que el final de esta historia no es lo importante, el momento y la circunstancias, quizás si lo sean. Me gustaría que ustedes ahora sepan reflexionar sobre mi historia. Y por favor, si sus hijos les piden leche, denles leche, COMPULSIVAMENTE, sin escatimar en gastos, pues cuando la tormenta pasa el sol siempre regresa.