Ya no quedan rubias como las de antes, por Pedro Muñoz Plaza

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¿Cuántos hijos tienes, Carmen? Cinco –responde–. Y déjate de tonterías que tengo que irme a cuidar de ellos.

El anestesista sonríe y ella cierra sus azules ojos sobre la mesa de aquél quirófano. Todo salió bien. Aquellos cálculos le habían hecho la vida imposible los últimos años.
Rubia, ojos azules… guapa. A mi siempre me recordó la belleza de Ingrid Bergman. Aunque ella no conoce a Bogart y nunca tuvo tiempo de ver Casablanca. En todo caso, podía haber pasado por una de esas suecas que tanto abundaban en las playas de nuestro país en los años sesenta.

–No sé de dónde sacan tanta rubia para la tele. En España no hay tanta rubia.

–Son tintadas, hombre! Ingrid_Bergman

Los años treinta y los cuarenta fueron difíciles para una niña de familia humilde. No sé en Suecia, pero sí por estas tierras del señor. Su temperamento –ya de niña–, la estupidez de una maestra de las de entonces y la guerra la dejaron sin escuela. La echaría de menos el resto de su vida. Aún así, habría hecho mejor papel, en cualquier parte, que la mayoría de las rubias de bote que pueblan la tv de hoy en día. Es más inteligente y su belleza es natural. Sin botox, sin artificios. Sin un pelo de tonta (lo de las rubias es leyenda urbana).

–Se han debido creer a pies juntillas, aquello de que los hombres las preferimos rubias.

–No te metas con ellas, por favor. Con el esfuerzo que hacen las pobres para dar el pego.

De carácter alegre y personalidad fuerte. Valiente. Desde pequeña siempre se ha ocupado de todo y de todos. Cuando ella falta todo se tambalea. Comprometida con su entorno más cercano, no termina de comprender que nos preocupemos de lo que ocurre en la otra punta del mundo y le neguemos el aire que respira a nuestro vecino.

No entiende de hipocresías. Nunca le ha gustado acudir a un sitio por cumplir. Siempre derrama una lágrima en el entierro de un amigo, de un familiar, de un vecino.

Esta madrugada se le ha roto la cadera; los años no perdonan.

No consigo quitar la vista del monitor del box de urgencias en el que esperamos los resultados de las radiografías y al traumatólogo. Mantiene unos números preocupantemente altos.
Me pregunta si he llamado a alguien. “No llames, no son horas”. 

Le inmovilizan la pierna para atenuar el dolor, pero hay que operar. El médico se queja amargamente de que tienen quirófanos cerrados por los recortes, que intentarán operarla a lo largo del día; esta tarde o mañana.

 “Llama después de las nueve –insiste– que ya ha dejado a los chicos en el cole. ¡Ah! La carne para el guiso la dejé descongelando anoche. Cuando vayas mira en…”

La trasladan a planta a la espera de quirófano. Parece que habrá que armarse de paciencia. El vendaje y los analgésicos mantienen el dolor a raya.
Cerca de mediodía, una enfermera nos informa de que han hecho un hueco en uno de los quirófanos y la operarán antes de lo que pensaban.

“¿Cuantos nietos tienes, Carmen? Siete. Y…”

La sala de espera se va llenando. Paseo frente a la pequeña puerta que da a reanimación esperando la información que nos han prometido que saldrá de ella. Tomo aire. Me siento. Me vuelvo a levantar. El tiempo se detiene. Tengo miedo.

Al cabo de… no sé… una eternidad, se abre la puerta y el cirujano, que es el mismo traumatólogo que nos atendió de madrugada –no sé cuando acaba su turno, pero ya lleva unas cuantas horas– nos informa de los pormenores de la operación. Parece que todo ha salido con arreglo a lo previsto.

Paso a verla al box de reanimación en el que se encuentra. Por el pasillo oigo un golpeteo en mi pecho, creo que el corazón me va romper alguna costilla.

Con los ojos entornados, por el peso de la anestesia, me mira al verme pasar y sonríe.

Mi corazón, por fin, se acopla a las dimensiones de su habitáculo. 

Ya no quedan rubias como las de antes.